En estos últimos días, comenzó a tomar fuerza en la opinión pública el debate sobre la construcción de un estadio único para albergar grandes espectáculos en la provincia. La presencia del equipo de River Plate para disputar el partido con Atlético Tucumán por una fecha del torneo Nacional B de fútbol -acontecimiento que movilizó a miles de hinchas- terminó por hacer más visible una evidencia: Tucumán no dispone de un estadio que permita dar cabida con las mejores exigencias de seguridad y comodidad a una demanda de asistencia de público como las que impone un compromiso deportivo de esa envergadura. También es conocido que muchas producciones musicales o teatrales eligen otras provincias para sus presentaciones en razón de la falta de infraestructura, confort y logística para contenerlos aquí, y lo mismo ocurre con otras competencias, como la Copa América de Fútbol.
En estos últimos años y en el marco de iniciativas políticas que apostaron a desarrollar las infraestructuras, provincias como Buenos Aires, Catamarca, San Juan, Jujuy y San Luis han construidos modernos estadios y con las capacidades para acoger a miles de personas. Además, Córdoba impulsó la remodelación del estadio Mario Alberto Kempes, que había sido inaugurado para el Mundial de Fútbol de 1978, mientras que Santa Fe reconstruyó y amplió el Brigadier Estanislao López, una obra que se había construido en 1946. Y el autódromo que se edificó en Las Termas de Río Hondo, es otra muestra de estas estrategias que impulsaron los Estados provinciales. En Tucumán, resulta notorio que los estadios de Atlético y de San Martín, los dos complejos más grandes que dispone la provincia para la realización de grandes eventos públicos, han quedados chicos y obsoletos y no están acordes con las exigencias que imponen estas necesidades.
Este panorama de dificultad contrasta con la pretensión del gobierno local de ofrecer ahora como sede a la provincia, para la final de la Copa Argentina de Fútbol. ¿A donde se jugaría? Tucumán tuvo la oportunidad de tener su gran estadio para el Mundial de 1978, cuando las diferencias internas entre los sectores que impulsaban su construcción y el apuro del gobierno nacional de turno por privilegiar otra sede dejó trunca esa ilusión, aunque no es menos cierto que esa alternativa no se retomó desde esos años. En especial, la construcción de una obra de esta envergadura, no figuró entre las prioridades de la actual administración provincial, pese al progresivo incremento de los presupuestos desde 2003 y a la decisión de impulsar numerosas otras construcciones.
Pero habría que señalar que la edificación de un estadio único implica una obra que movilizará la actividad económica general, por el efecto multiplicador que tienen los grandes proyectos, y, además, instalaría a Tucumán como un polo del turismo deportivo, otra herramienta para la generación de ingresos. Se trata de un potencial que lo vislumbran los actores sociales del sector, toda vez que la provincia se ha ido afirmando como plaza de gran convocatoria y en crecimiento continuo de múltiples acontecimientos sociales, culturales y deportivos.
Con un poder de convocatoria reconocido, el público tucumano aún espera un complejo que albergue sus necesidades recreativas, culturales y sociales. Un estadio con una capacidad de unos 40.000 espectadores, moderno, seguro, amplio, cómodo, desarrollado en un espacio geográfico compatible con el movimiento que generará, no debiera ser una quimera o una esperanza que se la lleve la imaginación. En la resolución de las políticas estratégicas para emprender nuevas obras y en la voluntad de la dirigencia deportiva y social para empujar mancomunadamente esta iniciativa puede estar la respuesta para concretar un viejo y renovado anhelo de todos.